El llanto de los decentes

Que se sepa quién hace el mundo, cada día a cada hora ¿Quién reclama día  a día su salario de víctimas en sacrificio?

La honradez, llora. La generosidad, ha huido.  La decencia, clama. 

¿Quién aplica la justicia, a fuerza de injusticia?

El poder se ha tornado opresivo, petulante, sin entrañas. Ofende a  mentes y corazones.

El hombre decente se ahoga en lágrimas al ver la molicie de los tiempos en los que nada importa, sólo  la voluntad de unos pocos sobre los muchos, doblegar al débil.

Reproches, acusaciones, traiciones, delaciones, que pretenden ser legítimas.

¿Quién calla? 

La realidad lleva  máscaras. Generación farisaica que miente para cubrir su impudicia. Patean la dignidad minuto a minuto, y desvían la mirada.

Su norte es la avaricia, la cobardía del que acapara,  porque no es valiente para afrontar el día. No confía en sus fuerzas y amontona  desdichas ajenas.

Piensa en su salario de sacrificios, y cuenta. La honradez llama y él cierra su puerta.

Cuenta desahuciados,  discapacitados, parados, maltratados, marginados, enfermos, a todos los necesitados.

Los mira y en su corazón medita: ¿qué quieren esos que me miran?, no me sirven, me molestan, no los necesito, ¡qué se vayan! ¡qué busquen otras tierras! La compasión se ahoga en el pozo de la avaricia.

Europa languidece.

Mujeres y hombres decentes lloran, ante el espectáculo de la codicia. 

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