Alvaricio y otras hierbas

Alvaricio había tenido una idea genial. Estaba seguro de que a nadie antes se le había ocurrido tal iniciativa.

Eran tiempos de crisis, y … ya se sabía, en esas circunstancias  el intelecto desarrolla ideas brillantes. Lo tenía todo calculado ¿Qué inversión podría ser más segura en esa época convulsa?   Un valor seguro, que no estuviera sujeto a  cambios bursátiles ni hecatombes financieras.   !!!Ya lo tenía¡¡¡.

Él, hombre de negocios, creador de prosperidad, no podía renunciar a sus firmes convicciones. Había introducido un pequeño cambio en ellas, eso sí; pero estaba seguro de que pocos repararían en ese pequeño matiz que cambiaría el mundo. Imaginaba un mundo libre, sin fronteras. Libre en la expansión comercial, libre para comprar, vender, invertir, etc….; pero había un mínimo problema, no estaba dispuesto a arriesgar el propio status o patrimonio. Lo suyo era la defensa de la propiedad privada y su expansión.

Así reflexionaba Alvaricio. En su visión del mundo, imaginaba un mundo mejor. Mejor en dividendos, mejor en disponibilidad de medios. Un mundo libre en el que la expansión de la propia ambición, no conociera límites.

Fiel defensor de la propiedad privada, Alvaricio llegó a la conclusión de que la mejor manera de no arriesgar el propio patrimonio, sería gestionar el universal. De ese modo se le ocurrió que rentabilizar el aire que todos respiraban era una idea, cuando menos,  revolucionaria.  Sus paisanos no tendrían más opción que someterse a sus dictados de prosperidad, o fenecer. Si se hacía con el control del aire, el mundo era suyo, pronto el universo conocido.

Iba a dar comienzo una nueva era en la que, el aire respirable,  sería una fuente de inagotables beneficios ¿Qué podría ser más rentable, que constituir el aire en bien productivo y rentable? Era un bien que todo individuo consumía por nacimiento y, sobre todo, del que nadie podría prescindir. Una inversión segura. Ese era el auténtico capital de los pueblos, y nadie había sabido verlo cómo él.

Él como benefactor del  pueblo, iba a poner su granito de arena en el cambio social que auguraba un magnífico futuro. Había un escollo a salvar ¿Cómo iba a convencer a sus paisanos de que le cedieran, amablemente, la gestión del aire que creían suyo por derecho natural?

Todo era cuestión de tiempo, con un buen plan, seguro que conseguiría su objetivo. Sólo había que tener la suficiente paciencia y fuerza para negar la mayor de que, respirar era un derecho natural. Había que convencer de que respirar aire, era algo que se debía ganar con tesón y esfuerzo. En definitiva, algo por lo que se debía pagar.

Eficacia  y no andarse con mamandurrias ni nada por el estilo, serían las consignas. Tampoco había lugar para reflexionar sobre la repercusión de la toma de decisiones en la vida de aquella población maleable. Al fin y al cabo, podría convencerles de que era por su propio bien. Conocía bien las técnicas de persuasión, no en balde había acudido a las mejores universidades del hiperespacio. En ellas, había aprendido que todo es susceptible de ser comprado o vendido. Nadie le engañaba, conocía bien la naturaleza humana, sólo había que encontrar la manera de sorprender con su innovadora idea, y  de que sus paisanos cayeran en la cuenta de que  todos disponían de aliento vital, es decir, capital, con el que podrían negociar, pactar, etc…

En su discurrir megalómano, también encontró la solución. A partir de ese momento la consigna sería  el «desprestigio» previo de la futura inversión. De esa manera  empezó una campaña «ecológica- difamadora», que informaba sobre el alto grado de contaminación aérea que venía padeciendo la sociedad y, de que  si no se tomaban medidas drásticas urgentes, pronto el aire respirable iba a ser cosa del pasado.

Alvaricio se erigió en el «salvador» de sus paisanos,  convenciendo a todos de que poseía la clave para solventar semejante crisis aérea.

Sus paisanos, sugestionados por la contaminación informativa, de la baja calidad del aire que respiraban, no tuvieron más opción que plegarse a los malévolos planes de Alvaricio, que encargó la elaboración de  ingentes informes con  datos fehacientes con los que demostrar a la población la veracidad de la situación.

El aire pasó a ser el bien más preciado, y se convirtió en  moneda de cambio. Los bancos de almacenamiento de aire, se constituyeron en  dispensadores de oxígeno, nitrógeno y argón en los porcentajes recomendados por el Centro Mundial de Inflación Aérea, del que Alvaricio pasó a  formar parte de su Consejo de Administración, como miembro destacado. 

Había tenido a bien invertir todo su ingenio en la fabricación de unas máscaras de oxígeno que se facilitarían a la población, al principio previo desembolso; pero en sus planes de futuro, estaba el suministro de máscaras únicamente a quienes demostraran su buena disposición al nuevo orden de cosas. Además, había que regular la vida social de modo que el consumo de oxígeno estuviera bajo control.

Alvaricio  y sus acólitos, estaban ahítos de beneficios y producción, sus arcas llenas de capital del que ya nadie disponía. Sus paisanos, trabajaban a destajo para ser remunerados con máscaras de aire  y sus correspondientes bombonas de dispensación del banco aéreo, para ellos y sus familias. El precio era marcado por el CMIA.

Astutamente, se  habílitaron créditos aéreos, mediante los que las familias podían hacer sus previsiones de consumo a largo plazo, asegurando así su continuidad existencial. Créditos de aire respirable, con grandes facilidades. El ciudadano contraía una deuda de tiempo a cambio de dosis de oxígeno, nitrógeno y argón. Las mezclas más refinadas, eran las que constituían un compromiso temporal más allá de las expectativas de vida, con lo que se mataban dos pájaros de un tiro; puesto que así  se comprometían a  generaciones posteriores.

Con lo que no contaban, Alvaricio ni sus acólitos, era con las desventajas que, por otro lado, esta situación iba a traer a sus vidas. Convencidos de que en realidad,  se habían hecho con el control del aliento vital de sus ciudadanos, creyeron controlar la vida. Tan poseídos estaban de sus planes perversos hacia los demás, que no repararon en que el aire expendedor de vida que pretendían, lo habían convertido en asfixia.

Empezó a correr entre los ciudadanos una sensación de asfixia contagiosa. Pensaban que habían hipotecado sus vidas por algo que, realmente, ya era suyo por el mero hecho de estar vivos. Se lamentaban, no sabían ni cómo ni por qué habían llegado a esa esclavitud aérea. Perdieron el ánimo, las ganas de emplear su tiempo y esfuerzo en pagar una deuda creada por quienes a través del miedo y coerción habían conseguido comprar sus vidas. Pensaron que no merecía la pena hipotecar su futuro y el de sus hijos para llevar una vida de esclavitud aérea.  Así poco a poco, algunos, desesperados, arrancaron las máscaras de sus rostros y, se entregaron al destino.

La sorpresa fue, cuando esperando lo peor, no pasaba nada, seguían vivos, su propio aliento les sostenía.

Los primeros que así hicieron, corrieron a arrancar las máscaras de amigos, compañeros y familias ¿Qué había pasado para que hubieran creído que no podían vivir de su propio aliento? Estaban perplejos, ¿qué les habían hecho? De repente se sintieron libres, dueños de su aliento y de sus vidas, sin asfixia.

Alvaricio y sus acólitos sintieron miedo. Su plan se venía abajo. Esas gentes ahora, libres del envenenamiento ideológico, apostaban por respirar por sí mismos, sin su ayuda. Presos del pánico por haber sido descubiertos, convocaron un consejo excepcional en el CMIA. Nadie pagaba la deuda contraída con los bancos aéreos. Nadie dedicaba su tiempo trabajado  para comprar oxígeno, nitrógeno y argón. ¿Qué iban a hacer con todo lo acaparado? A nadie seducía ya su proyecto, los ciudadanos respiraban a sus anchas, sin miedo a la contaminación aérea. Ya nadie compraba lo que vendían.

Alvaricio y sus acólitos empezaron a padecer otro tipo de asfixia más perniciosa, el vacío de sus paisanos. Nadie les creía, ni escuchaba. Simplemente se daban la vuelta cuando, en un intento desesperado de recobrar el control sobre ellos, retomaban sus peroratas de miedo y opresión, acompañados de promesas de protección a los desvalidos paisanos

Vacío tras vacío, los paisanos empezaron a organizar sus vidas al margen de toda propuesta de Alvaricio y sus acólitos, de modo que toda decisión que repercutiera en la comunidad de vecinos fuera refrendada por sus componentes más representativos. Los arquitectos hicieron casas, los maestros enseñaron, los médicos curaron, los ingenieros hacían llegar agua, luz y gas a los hogares, los zapateros hacían zapatos, los sastres ropas calientes para protegerse del frío y frescas para sobrellevar el calor y, los bancos, fueron para sentarse.

Alvaricio y sus acólitos emigraron a un mundo virtual, en el que podían fabricar monedas, máscaras, y toda clase de artificio irreal. Cuando virtualmente creaban un mundo opresor y asfixiante, el propio sistema se protegía y les penalizaba obligándoles a reiniciar el proceso desde el origen del mismo, hasta que aprendieran las reglas del juego y crearan espacios vitales  de libertad.

 

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Alvaricio y otras hierbas

  1. Alvaricio es la metáfora de nuestros vicios y virtudes, Un saludo cordial para ti, Carmen

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