La decisión de Ramón

Ramón había tomado una decisión.  Un día  recibió un comunicado en el que su banco de toda la vida, tenía el placer comunicarle que de acuerdo a las tarifas vigentes, dentro del marco legal, y debido a un descubierto por el importe  de «0,20 euros» se veía obligado, por ley, a aplicar una tarifa de «20 euros» por cubrir ese saldo negativo.

No daba crédito a lo que leía. Pero los pesares de Ramón con su banco de toda la vida  no acababan allí. Esa misma tarde, su tía segunda, Angustias, le  hizo una llamada de teléfono.

Su tía segunda era una anciana venerable, viuda, sin descendencia; por lo que era una especie de segunda madre para  Ramón y,  una abuela añadida para sus hijos. Participaba de la vida familiar como una más, bautizos en su día, comuniones, bodas o arrejuntes  propios de la época. Siempre se contaba con ella en los  eventos familiares;  en la salud y enfermedades varias. El caso es que, en su momento, la venerable tía Angustias, viuda y sin descendencia que depredara sus bienes, solicitó a Ramón consejo sobre cómo invertir los pequeños ahorros que durante años, desde que enviudó, había ido atesorando.

Su difunto esposo, antes de abandonar este mundo, había dejado atado y bien atado el futuro de su devota esposa Angustias, por lo que gozaba de un plan de pensiones que le permitía vivir holgadamente y permitirse algún que otro capricho cómo  ir al cine, alguna tarde de merienda con amigas, vacaciones en compañía de la familia de Ramón; a quienes compensaba siempre con atenciones y algún pellizco a los chavales.

Ramón era un hombre honrado, trabajador, había sacado adelante a su familia a base de trabajo y esfuerzo. Como hombre con principios y bienintencionado, aconsejó a su tía Angustias que invirtiera sus ahorros de manera productiva. Si no necesitaba usar esos ahorros. lo mejor era un fondo, o cualquier otro producto en el que su dinero fuera rentable, para lo que le recomendó su propio «banco de toda la vida». Cuál fue su sorpresa cuando la tía Angustias, angustiada, le relataba que había ido a disponer de sus ahorros y se había llevado la sorpresa de que  no podía hacerlo en un plazo de 25 años.

La venerable anciana ya contaba con 86 años en su haber, había hecho cálculos y no creía que a los 115 años estuviera en disposición de mucho dispendio.  Estaba indignada, la caldera de calefacción  había muerto, tenía que comprar una nueva, revisar la instalación eléctrica, la de gas  y, hacer obra de fontanería. Necesitaba el dinero, y éste se le había escurrido de entre los dedos sin saber ni cómo ni porqué.  Ramón no sabía qué responder, ni hacer seguía sin dar crédito. Optó por acoger a su tía Angustias en su propia casa hasta que se resolviera la habitabilidad de la casa de la anciana.

Al día siguiente Ramón recibió malas noticias, iba a pasar a incrementar las filas del paro. De un día para otro, su empresa, que había obtenido ese año pingües beneficios, entraba en una profunda reestructuración en la que serían despedidos 300 empleados. Era una reestructuración inaplazable, necesaria para adecuarse a los tiempos. En dos semanas fueron despedidos 300 empleados. En la cúpula directiva y mandos intermedios no se produjo ningún cese, eran piezas clave, se decía. Los que continuaron en su empleo, vieron incrementadas sus horas de trabajo, menguadas sus retribuciones y presionados a no decir ni mu ni ma; puesto que, atónitos, contemplaban  que los emolumentos de cargos directivos se engrosaban en relación directa al recorte de los suyos. Ramón, cuando sus ex-compañeros se lo contaban,  seguía sin dar crédito.

Ramón empezó a cobrar su prestación por paro. A su esposa, que eventualmente trabajaba en el ayuntamiento de la zona, funcionaria laboral los llamaban, la pusieron de patitas en la calle debido a recortes en la administración. Lo que más disgustó a su esposa, fue  que en algunos ámbitos se hubiera corrido la voz de que eran una especie de privilegiados; que un funcionario, como era ella, de base, era una especie de vago a exterminar. Siempre pensó que era una difamación con el objetivo claro de hacerles vulnerables, y que nadie diera un duro por ellos.

Tampoco hubo ajustes en cargos directivos y medios. Tuvo que acogerse al paro que, por la calidad de sus contratos con la administración, sólo le confería prestación  mínima, durante 6 meses. Ramón no dio crédito.

El colmo fue cuando  dos de sus hijos, en periodo de estudios, le dieron la noticia de que las tasas habían subido……… un «güevo», cómo decía Ramoncín, el mediano. Pero no acabarían aquí las calamidades de Ramón, a partir del mes siguiente subían las tarifas eléctricas, gas, agua, transporte, combustible. Atónito, Ramón contemplaba que toda primera necesidad era encarecida, como si de un lujo se tratase, y lo accesorio estaba más al alcance de economías saneadas.

Cuando fue a la farmacia a por las recetas de la tía Angustías, pensionista de derecho, y tuvo que pagar 25 euros, no daba crédito.  A los ocho euros de tope mensual  de pago que disponía su amada tía Angustias, había tenido que añadir diecisiete euros más, uno por cada receta que su amantísima tía precisaba para mantener el equilibrio inestable de una persona de su provecta edad.

Cuando llegó a casa, la mayor de sus cuatro hijos, Elenita, le presentó a su nuevo amigo-novio. Era un chaval con buena planta, simpático y expresaba la timidez natural en situación de conocer a los padres de su flamante medio-novia. Cuando Ramón escuchó que trabajaba en su «banco de toda la vida», sin despedirse se retiró a su dormitorio.

Al día siguiente, Ramón, ni corto ni perezoso, se dedicó a escribir misivas. Dirigió una a cada una de las entidades con las que había domiciliado el pago de sus servicios en su «banco de toda la vida»: eléctrica, gas, agua, teléfono, adsl, etc…. . En la misiva les ponía en conocimiento de que, por prescripción facultativa, se veía impelido a prescindir de su asociación con bancos y que  a partir de la fecha, rogaba tuvieran a bien pasar por su domicilio a cobrar los correspondientes recibos. En la misiva se comprometía a firmar un documento notarial  comprometiéndose al pago de los servicios prestados, siempre que fueran en su domicilio.

Ramón había desarrollado un desarreglo psicológico que le provocaba tal aversión a entidades bancarias y similares, que temía por su propia  seguridad y la de los demás.

De esa manera Ramón dejó de dar crédito a los bancos. Lástima de la hipoteca  y el fantasma del deshaucio que lo tenía pillado, pero……….. ya se las ingeniaría.

A quien pueda interesar:  Ramón es un personaje real, de carne y hueso, amigo de sus amigos,  que trabaja  día y noche y siempre cumplió sus compromisos.

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8 comentarios

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8 Respuestas a “La decisión de Ramón

  1. Me pusiste el vello como escarpia, Carmen, mientras leía se me iban erizando y al llegar al final, ya no sé si peinarlos o pasarle la cera. ¡Joder que negrura de porvenir nos espera!
    Un abrazo. Y no te digo nada más, me dejaste con la garganta seca y los dedos sudando de miedo.

  2. Jose Luis Salamanca

    Es la realidad cotidiana… vergonzosa y estridente. Este mundo está corrompido…

  3. En todas partes cuecen habas. Yo llegué a casa y había un programa en la tele sobre los bancos y en las situaciones en que habían dejado a mucha gente vendiéndoles ciertos productos…Gracias…Frank tiene razón. Hace que te entren escalofríos…

    • Tienes toda la razón, deberíamos tomar ejemplo y empezar a prescindir en la medida de lo posible de las entidades bancarias. Es él único poder que tenemos, nos tienen secuestrados, al igual que nuestros políticos. Olga encantada de que te pases por aquí , un abrazo 😀

  4. Tremenda y terriblemente real. Y muy bien escrito. Gracias

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