La decisión mercantil

Hay una voluntad íntima previa que es la que nos predispone a la consiguiente toma de pequeñas decisiones, y va a marcar la línea maestra de las sucesivas pequeñas  o grandes acciones.

La decisión está íntimamente ligada a la voluntad de hacer, y ésta  es un derecho natural. Nos quejamos habitualmente de no tener libertad de acción, sin embargo la  libertad es el ejercicio de esa voluntad de hacer y lo reconozcamos o no, hacemos.

Las pequeñas decisiones que tomamos todos los días, que infravaloramos por insignificantes, son las que vienen a marcar nuestro devenir más inmediato y como consecuencia el más lejano.

Esa voluntad íntima, a veces inconfesable, marca con su sello todas nuestras acciones. Desconocida para el mismo individuo que inmerso en sociedad acepta los modelos expuestos sin atreverse a investigar y ni siquiera a creer que posee en si mismo esa capacidad de escoger qué hacer.

Una sociedad que impone como modelo social el mercantilismo, está aceptando la vida misma como  negocio y le da a la vida el carácter de rentabilidad.

Una vez aceptada la premisa del mercantilismo, todo es posible,  todo se convierte en rentable o no rentable.

En ese caldo de cultivo se aceptan todo tipo de arbitrariedades que justifican los múltiples ejemplos que podemos contemplar en base a la rentabilidad, o no, del sistema.

Corrupción, discriminación, marginalidad,  maltrato en sus diferentes facetas  a ancianos, infancia, género, animal, etc…, etc… además de las implacables decisiones que hipotecan el futuro y  bienestar de los individuos que han dejado de ser seres vivos, para convertirse en consumidores o no de un sistema que les priva de los instrumentos de formación necesarios para poder escoger, de modo que  son arrastrados por las mareas tendentes del momento.

Un sistema cuya voluntad recóndita  pervierte al individuo, que ha aceptado esa voluntad ajena como ley de vida, se hipoteca a si mismo.

Cuando nos vemos afectados por las consecuencias de decisiones ajenas, decisiones familiares, particulares, en el ámbito político, social o laboral es cuando reaccionamos rebelándonos ante  tales decisiones o aceptándolas sin pararnos a pensar que las grandes decisiones se tomaron tiempo atrás en el ámbito de las pequeñas que se fueron tomando día a día, en las que apenas hemos reparado, pues el verdadero motor que impulsa a cada cual a la pequeña toma de decisiones marca el carácter de la realidad creada en nuestro entorno.

Esa voluntad mercantil ajena ha llegado a enseñorearse de nuestras vidas como algo natural; así en las pequeñas decisiones de nuestra relación con el otro  y en  el entorno más próximo, impone su carácter.

La competitividad de unos con otros, ha usurpado el lugar de la genuina superación personal que no va en contra del otro, si no que acepta como proceso natural el crecimiento de todos.

El bien común ha sido sustituido por el interés rentable sea o no sea común,  que excluye a quien no participe de su ley.

La educación relegando la formación real del individuo a un último plano,  incide en la formación de grandes competidores dispuestos a luchar con la vida, el otro y lo que  se ponga por delante, en lugar de incidir en la formación de individuos conocedores de sí mismos y sus cualidades, que aporten a su entorno ese beneficio común, pues ante la rentabilidad todo vale.

Cambiar los sistemas no es tarea fácil, pues parece ser un ensueño que subyuga a pueblos enteros; sin embargo a nuestro alcance  está el ejercicio de la voluntad de desalojar de nuestro medio esa voluntad mercantilista que contamina con su interés rentable todo lo que enfoca y recuperar las áreas de la verdadera capitalización que es la gestión de nuestras propias acciones para el bienestar propio y ajeno con la sinceridad necesaria para reconocer la parasitaria mentalidad mercantil en todas las áreas de nuestra actividad

 Añado vídeo como aportación acertadísima de Morgana,  Asun para los amigos.

http://www.youtube.com/watch?v=OKA38GM1y-Y&feature=related

 

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7 comentarios

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7 Respuestas a “La decisión mercantil

  1. Morgana

    Al leer tu post de hoy, querida Carmen, me ha venido una canción de Rosana Arbelo a la cabeza. Ya sabes de mis asociaciones de ideas disparatadas….. pero creo que esta vez es adecuado. Te dejo el enlace:

    Supungo que a todos nos iría mucho mejor si nos aplicaramos la canción.

    • Preciosa canción Morgana, tu sí que sabes :), esas son las cosas que merecen la pena en la vida, lástima que no se enteren x dios. El éxito en la vida no es el mercantil, allá el que no quiera entenderlo, no saben lo que se pierden

  2. Morgana

    Se perfectamente que lo más importante no es el dinero Carmen. Pero como dice mi hermano y le tengo que dar la razon…. prefiero llorar en un Ferrari que en un DaeWo Nexia. O sería todo un placer tener solo una preocupación en la vida, en que mano ponerme el todo incluido de un hotel de Cancún, mulato con un peazo abanico incluido…. Tengo un precio sí. Voy a flagelarme. ?¿? Donde me compro un látigo ?¿??¿

  3. http://www.tienda-medieval.com/es/192-latigos-y-fustas, aquí mismo Morgana, que por falta de medios que no quede; que no se diga que interés no se pone, faltaría más.. 🙂

  4. Morgana

    Que fuerte…. voy a buscar una página de ungüentos para los efectos post latigazos. Ays que dolor.

  5. Me ha encantado el post y la canción. Me ha llamado la atención porque de este tema habla precisamente mi novela “Yo, Úrsula” que cuenta la historia de una joven que quiere ser cantante. Para más coincidencias la primera canción que compone y la lleva a la fama se llama “Señor Dinero”. En la novela sólo se menciona un verso de la canción que sería algo así:

    Señor dinero,
    He visto como el mundo entero
    se retuerce entre tus garras
    y sin tu venia no se pueden
    Soltar amarras

    Señor dinero,
    que condenas en silencio a un inocente
    y dejas en libertad a aquel marrano
    por la sola virtud de poseerte
    Señor dinero…

    Construiste rascacielos de miseria
    y enviaste a los niños a la guerra
    a matar una sonrisa
    con las balas del dolor

    Señor dinero,
    que condenas en silencio a un inocente
    y dejas en libertad a aquel marrano
    por la sola virtud de poseerte
    Señor dinero…

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